Automatización y futuro del trabajo

Las grandes transformaciones tecnológicas de las sucesivas revoluciones industriales tuvieron un notable impacto en los procesos de producción y el mundo del trabajo. El desarrollo de nuevas máquinas y tecnologías ha supuesto en diferentes momentos históricos un coste en términos de empleo, al sustituir el trabajo manual realizado por grandes masas de trabajadores.

En este sentido, es conocido el caso de los luditas, un grupo de obreros textiles ingleses de principios del siglo XIX que se rebelaron contra los dueños de los telares porque la introducción de maquinaria en los telares ponía en peligro sus empleos.

Keynes acuño ya en los años 30 la expresión “desempleo tecnológico”, para referirse a la pérdida de empleos provocada por la aplicación de tecnologías de producción que no requieren la asistencia humana (o la requieren en un menor grado).

Ejes de la automatización actual

El concepto de automatización y sus implicaciones en el mundo laboral tienen hoy especial relevancia, mientras esperamos el advenimiento de la Cuarta Revolución Industrial, sin haber asimilado totalmente las dimensiones de la Tercera.

Big data, Internet de las cosas, robotización, impresión 3D, inteligencia artificial… son términos cada vez más habituales en los medios de comunicación y el mundo empresarial. Conceptos que se van desprendiéndo de sus connotaciones futurísticas a medida que se normalizan. (Big data se refiere a las ingentes cantidades de datos que se generan cada día y cuyo análisis tiene un enorme potencial en la toma de decisiones de empresas y organizaciones.)

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Foto de KUKA Systems GmbH bajo licencia CC BY-SA 3.0

A diferencia de la automatización de tareas manuales, característica de periodos anteriores, actualmente este proceso tiene otro signo. En el artículo “¿Causarán desempleo masivo las máquinas inteligentes?de The Economist (junio 2016) se advierte que “La idea de que el trabajo manual puede ser hecho por máquinas es una idea conocida, pero ahora (…) las máquinas ya pueden desempeñar no solo tareas manuales rutinarias, sino también tareas cognitivas rutinarias.” (…) las mismas técnicas de big data que permiten a las empresas mejorar sus operaciones de marketing y servicio al cliente, también les proporcionan información en bruto para que los sistemas de machine-learning* realicen los trabajos de cada vez más gente.” (* machine learning: rama de la inteligencia artificial que se ocupa de desarrollar técnicas que permitan a los ordenadores a “aprender”, en el sentido de elaborar comportamientos a partir de una información suministrada.)

Claire Cain Miller expresa la misma opinión en El destructor a largo plazo de empleos no es China, sino la automatización (The New York Times, 2016): “Los ordenadores aprenden rápidamente a realizar tareas complejas. La tecnología actual podría automatizar el 45% de las actividades retribuidas. Los trabajos que requieren creatividad, organización y cuidados tienen menos riesgo.

Miller rescata la campaña electoral que dio la victoria a Donald Trump en EE.UU.: “Trump le ha dicho a los trabajadores manuales que les devolvería los trabajos perdidos recortando el comercio exterior, la deslocalización y la inmigración. Pero los economistas dicen que la mayor amenaza a sus trabajos es otra: la automatización.”

Y recuerda que las transformaciones industriales llevan décadas produciéndose: “la industrial del metal [en EE.UU.] perdió 400.000 empleos (el 75% de su masa de trabajadores) entre 1962 y 2005. Pero no cayó el comercio. La razón fue una nueva tecnología llamada micro fresadora.

La autora recoge también la declaración de Andrew Puzder, candidato a Secretario de Trabajo con Trump, ensalzando las virtudes de los empleados robóticos: “Son siempre educados, consiguen más ventas, no cogen vacaciones, nunca llegan tarde, nunca tienen accidentes, ni sufren discriminación de sexo o raza.” Unas palabras reveladoras que, aunque polémicas, posiblemente proyectan un escenario idílico para una parte del poder económico.

El futuro laboral

Vicent Nieves se hace eco en El Economista del informe de McKinsey&Company Automatización, empleo y productividad”, que analiza el efecto de la automatización sobre el empleo en más de cincuenta países.

Según el estudio, en España serán automatizados alrededor de 8,7 millones de empleos  hacia 2055, con un margen error de 20 años para arriba (2075) o abajo (2035). El sector más afectado en nuestro país será el transporte y almacenamiento de mercancías, seguido de la industria. En tercer lugar están los servicios de alojamiento y alimentación, y en cuarto, el sector de la minería y materias primas.

El trabajo del futuro es otro informe, elaborado por el Observatorio para el Análisis y el Desarrollo Económico de Internet (ADEI), en el que se afirma que en el contexto de la transformación digital la economía española podría  llegar a crear algo más de 2 millones de empleos netos hasta 2030, si se generalizasen las tendencias identificadas y se implementasen las políticas económicas, formativas y laborales adecuadas. En el estudio se establece una clasificación de ocupaciones de acuerdo a su riesgo de ser automatizadas:

  • Ocupaciones “d – avanzadas” o de tipo 1: físicos, ingenieros y matemáticos, especialistas en finanzas, profesionales de las tecnologías de la información y comunicación (analistas y diseñadores de software, especialistas en bases de datos  y redes informáticas, científicos de datos, etc.).
  • Ocupaciones “personalizadas” o de tipo 2: Tareas que requieren un alto componente de trabajo “humano” que convivirán con la robotización: trabajadores de los servicios de hostelería y restauración, cuidados personales, servicios de protección y seguridad, así como directores y gerentes.
  • Ocupaciones automatizables o de tipo 3: Trabajos susceptibles de ser reemplazados por robots o con alto riesgo de automatización: contables y administrativos, trabajadores agrarios e industriales, operadores y montadores, personal de limpieza, peones, etc.

Es fácil deducir que un factor de peso en el problema actual de desempleo, al menos en España, deriva de las importantes transformaciones que la digitalización, automatización y robotización están produciendo en el mundo del trabajo. Al mismo ritmo que muchos oficios y profesiones se hacen obsoletos, se requiere en el entorno profesional una formación y adaptación constante a realidades cambiantes caracterizadas por el peso de la tecnología y la informatización. Una panorama que, a día de hoy, estrecha las oportunidades para un amplio sector de la población activa, al borde la exclusión laboral por su edad o porque su área de experiencia ha perdido todo valor.

Nicholas Carr y la automatización
Carr es un renombrado autor estadounidense de obras que exploran la relación del ser humano con la tecnología y la digitalización, como “Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?”.

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“The Glass Cage: Automation an Us”, cuya traducción literal es “La celda de cristal: la atomatización y nosotros” se publicó en España con el título “Atrapados: Cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas”, un reclamo sensacionalista pero fiel al contenido del libro, en el que Carr reflexiona sobre la pérdida de capacidades que ocasiona la progresiva automatización tecnológica en numerosas áreas de nuestra vida. Para el autor: “En los sistemas automatizados actuales, el ordenador asume con frecuencia trabajo intelectual –observando y percibiendo, analizando y valorando, tomando incluso decisiones- que hasta hace poco era terreno acotado para los humanos.

Carr analiza diferentes aspectos de cómo el desarrollo tecnolófico moldea nuestro trabajo y forma de vida, desde un planteamiento filosófico en ocasiones muy crítico. Recogemos algunos extractos interesantes:

Sobre nuestra percepción de la tecnología:

Empezamos a juzgar a nuestras tecnologías no por lo que nos permiten hacer, sino más bien por sus cualidades intrínsecas como productos: su ingenio, su eficiencia, su novedad, su estilo. Elegimos una herramienta porque es nueva o atractiva o rápida, no porque nos integre más completamente en el mundo y expanda el campo de nuestras experiencias y percepciones.

La mayoría de nosotros asume que la automatización es benigna, que nos eleva a misiones superiores sin alterar, por otra parte, nuestra forma de comportarnos o pensar. Es una falacia, una expresión de lo que los académicos han venido a llamar el ‘mito de la sustitución’. (…) Cuando las personas abordan una tarea con ayuda de ordenadores, son víctimas muchas veces de un par de afecciones cognitivas: la ‘complacencia automatizada’ y el ‘sesgo por automatización’.

Sobre la automatización como motor de beneficio capitalista:

La fe en la tecnología (…) nos permite sentirnos optimistas sobre el futuro mientras nos quita responsabilidad sobre ese futuro. Conviene especialmente a los intereses de aquellos que se han enriquecido extraordinariamente a través de la reducción del trabajo, centrada en los beneficios, producida por los sistemas automatizados y los ordenadores que los controlan. Suministra a nuestros nuevos plutócratas una narrativa heroica en la que interpretan papeles protagonistas: las pérdidas recientes de empleos pueden ser desafortunadas, pero son un mal necesario en el camino a la emancipación eventual de la raza humana de manos de los esclavos informatizados que nuestras empresas benevolentes están creando.

Sobre la incursión de la tecnología en nuestra vida diaria:

Los ordenadores “ponibles”, ya se porten en la cabeza (gafas) o en la muñeca (reloj inteligente) (…) mejorarán con rapidez y evolucionarán con casi total seguridad hacia formas menos molestas, más útiles. (…) [Estos dispositivos] dan más empuje todavía al ímpetu tecnológico establecido. Cuando el smartphone y después la tableta  hicieron a los ordenadores de uso general e interconectados más portátiles y personalizables, también facilitaron que las compañías de software programaran muchos más aspectos de nuestra vida. (…) Los relojes y gafas informatizados (…) también sirven como sensores para el cuerpo, permitiendo que la información sobre tu ubicación, pensamientos y salud sea transmitida a la nube.

Los sistemas de navegación por satélite no están diseñados para profundizar nuestra relación con el entorno. (…) Los mapas tradicionales nos dan contexto. Nos proporcionan una visión de conjunto de una zona y nos obligan a averiguar nuestra localización actual y después planificar o visualizar la mejor ruta hasta nuestra próxima parada. (…) Un GPS sencillamente nos sitúa en el centro del mapa y después hace que el mundo circule a nuestro alrededor.

Hemos puesto en marcha un ciclo que, dependiendo del punto de vista, es virtuoso o vicioso. (…) La automatización genera automatización. Con todo el mundo a la espera de gestionar sus vidas a través de las pantallas, la sociedad adapta naturalmente sus hábitos y procesos a los hábitos y procesos del ordenador. Lo que no puede lograrse con software –lo que no es asequible a la informática y resiste, por ello, la automatización- empieza a parecer prescindible.

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Sobreinformación y percepción de la realidad

Hace varias semanas, en concreto el penúltimo día del año pasado, El País publicó en el suplemento IDEAS un interesante artículo de Kiko Llaneras y Nacho Carretero titulado Las paradojas del progreso: datos para el optimismo. El texto confronta la percepción social negativa sobre el curso general del mundo (es decir, sobre cómo va todo) con una serie de indicadores sociales y económicos que, en términos generales, demuestran que vivimos mejor que antes.

Los indicadores gráficos aportados muestran, efectivamente, una mejora a lo largo de los último 50 o 100 años en variables como renta, educación, esperanza de vida, salud infantil o pobreza extrema, tanto en el conjunto del planeta como en los diferentes continentes. Pero a la vez son indicadores demasiado genéricos y globales, e ignoran nuevos desafíos y problemas, como la destrucción del medio ambiente, y no entran en realidades más concretas o invisibilizadas, como la drogadicción y el tráfico de drogas o la tasa de suicidios, entre otros.

De todos modos, este artículo quiere analizar nuestra percepción de la realidad; por qué pensamos que el mundo no va bien. Muchos consideran que 2016 fue un mal año. La sucesiva desaparición de iconos de la música (Prince, Bowie o Leonard Cohen) en un corto espacio de tiempo no anunció el desmoronamiento del mundo, pero contribuyó al sombrío  panorama dibujado por la agenda de los medios (incertidumbres como el Brexit o la victoria de Trump, y realidades trágicas como los golpes terroristas en Occidente o la interminable guerra de Siria y todas sus consecuencias).

Los datos señalan que la humanidad está en la mejor situación de su historia y, sin embargo, la mayoría cree que el mundo empeora. La percepción de que el mundo retrocede, de que nos dirigimos hacia una suerte de caos, es amplia”, dice el artículo de El País. Sus autores apuntan a varias razones explicativas, de acuerdo a las teorías de Steve Pinker y Johan Norberg:

  • Somos más críticos y exigentes que antes, por lo que se ha elevado nuestro umbral para considerar algo “aceptable” (pensemos en la violencia de género)
  • Somos nostálgicos. Solemos ver el pasado como una época mejor, pero ese pasado a menudo coincide con nuestra infancia, época en la que no teníamos responsabilidades. Según los analistas, la victoria de Trump responde en parte a la promesa de resucitar ese pasado idealizado.
  • Nunca estamos, desde un punto de vista biológico, completamente satisfechos y felices porque necesitamos ser curiosos y estar alerta para sobrevivir.
  • El efecto de la crisis sigue presente, aunque algunos indicadores han vuelto a niveles de antes de la crisis económica.
  • Tenemos mejor y más acceso a la información. Las noticias negativas tienen un mayor peso en los medios y ejercen un mayor impacto en nosotros. Además, ahora todos informamos a través de las redes sociales; también podemos producir noticias.

Centrémonos en este último punto: las transformaciones de la sociedad de la información y su impacto social y cultural. Es concreto, cómo la sobreinformación nos afecta en una época en que estamos expuestos de manera constante a la información noticiosa, especialmente desde la irrupción de los dispositivos móviles con conexión a internet, y la multiplicación de canales de información y comunicación digitales: blogs, redes sociales generalistas e informativas, servicios de mensajería instantánea o plataformas de vídeo. Pasamos una parte importante de nuestro tiempo mirando a las pantallas.

El Roto.jpg Viñeta de El Roto en El País

El profesor de la UNAM Raúl Trejo Delarbre desarrolló en 2001 un decálogo de rasgos de la sociedad de la información, aplicables al momento presente, aunque han pasado más de quince años. Trejo habla de omnipresencia, velocidad e irradiación de la información en todas direcciones. El acceso inmediato a la información, y la facilidad de actualización de las noticias en los medios online, nos permiten estar conectados casi en tiempo real con “lo que está pasando”, lo que quiera que signifique eso. Trejo también habla de desorientación: “La enorme y creciente cantidad de información a la que podemos tener acceso no sólo es oportunidad de desarrollo social y personal. También y antes que nada, se ha convertido en desafío cotidiano y en motivo de agobio para quienes recibimos o podemos encontrar millares de noticias, símbolos, declaraciones, imágenes e incitaciones de casi cualquier índole a través de los medios y especialmente en la red de redes. Esa plétora de datos no es necesariamente fuente de enriquecimiento cultural, sino a veces de aturdimiento personal y colectivo.

Los medios tradicionales de información (diarios, informativos televisivos y radiofónicos) han encontrado en los canales digitales una manera de fortalecer el peso y recorrido de sus mensajes. Es decir, de establecer su agenda. A menudo, las redes sociales de caracter informativo, como Twitter, amplifican los mensajes de los medios tradicionales. A este respecto, Margarita Antón Crespo y Estrella Alonso del Barrio, autoras del artículo académico “El trending topic frente a la agenda setting” (2015, Universidad de Valladolid, 2015) dicen sobre Twitter: “(…) no solo es un medio en el que la gente (más, cuanto más joven) utiliza como medio de información, sino que los informadores profesionales lo utilizan, preferentemente, para compartir y difundir información periodística.” Para ellas, “(…) la llegada de Internet obliga a replantearse multitud de cuestiones relacionadas con el ejercicio periodístico, por no decir con el proceso informativo en todo su conjunto. De entrada, y debido a la sobreabundancia informativa, el público se ve obligado a realizar, a partir de la oferta de los medios, su propia selección.

Sobre todo en el ámbito de la información audiovisual (informativos de TV, magacines de tertulia política o programas de telerrealidad), existen una serie de tendencias en el consumo de información que, aunque no son nuevas, se han incrementado con la hiperconexión y las redes sociales. Siguiendo la lógica de la espectacularización descrita por Nel·lo Pellisser y Antonio Pineda en el artículo académico “Información política televisiva y espectacularización: un análisis comparativo de programas informativos y de infoentretenimiento” (UCM, 2014), existen unos “índices de espectacularización” en el tratamiento de la información, que son fácilmente reconocibles en la ración cotidiana de noticias:

– Contenidos de soft news: famosos, delincuencia, corrupción y crimen (por encima de los asuntos políticos, cívicos y públicos).
– Búsqueda de la parte más “humana” de la información (por encima del interés
público).
– Personalización de los temas (por encima de la consideración estructural o abstracta de los mismos).
– Sensacionalismo (por encima del juicio calibrado).
– Escándalo (sentimiento ante una conducta desvergonzada).
– Vida social y mundo de la farándula.
– Banalización y trivialidad (por encima de lo relevante).
– Lo anecdótico (por encima de lo prioritario y sustancial).
– Superficialidad (por encima de la profundidad en el tratamiento temático).
– Emoción y sentimentalismo (por encima de la racionalidad).
– Dramatización, exageración de la gravedad de los acontecimientos y acentuación de los aspectos trágicos.
– Búsqueda de la acción (violencia, sufrimiento…), por encima de ideas o explicaciones.
– Presencia o mención de imágenes espectaculares (incendios, disturbios, violencia callejera, catástrofes, guerras).
– Sucesos.

Pellisser y Pineda también recogen una cita del catedrático de la Univ. Carlos III, Gérard Imbert, que dice: “Más que nunca, la televisión está dividida entre la necesidad de informar –el imperativo moderno del ver-saber todo– y el deseo de espectáculo fomentado por la cultura de masas, la transformación de la realidad en objeto consumible como espectáculo.” En este sentido, la actual facilidad de recoger y tansmitir imágenes en todo momento, principalmente gracias a la cámara de los móviles, refuerza la dimensión de la información como espectáculo. A diario podemos visualizar imágenes de derrumbamientos, explosiones, accidentes, damnificados de terremotos e inundaciones, palizas, o sospechosos entrando a un juzgado o declarando ante el juez.

En al artículo del New York Times Magazine “What All This Bad News Is Doing to Us” (algo así como “¿Qué no hacen todas las malas noticias?”) , Jesse Singal se pregunta: “En una época en la que podemos “chutarnos” malas noticias 24 horas todos los días de la semana, ¿cuál es el impacto psicológico de esta exposición a la tragedia desde la distancia?” Según su reflexión, “cuando las personas sobreestimamos lo horrible que es el mundo, esto parece tener consecuencias reales. Aunque, como siempre ha ocurrido, hay ciertos sitios del planeta en los que las cosas van empeorando cada día, hay una evidencia sólida (…) de que el mundo está en medio de una tendencia de mejora, más segura, más sana y más humana. Lo que ocurre es que nos gritan al oído las cosas malas más fuerte que nunca.

Como concluye el mismo artículo, aunque no es bueno aislarse completamente de las malas noticias del mundo, hoy en día estamos rodeados de tanta información alarmante que es fácil traspasar la delgada línea que diferencia el estar informado del estar obsesionado.

Smith, Norman y Carlos: un gesto olímpico para la historia

En los últimos Juegos Olímpicos, celebrados en Río de Janeiro, Usain Bolt se consagró como uno de los mejores atletas de la historia, al imponerse en las carreras de 100 m, 200 m y 4X100 m por tercera vez consecutiva en unas Olimpiadas.

Casi cincuenta años antes, en los JJ. OO. de México 1968, otros tres atletas también hacían historia en la final de 200 m. No tanto por su hazaña deportiva, muy notable, sino por el eco que consiguió su acción sobre el podio, tras la entrega de medallas.

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La de la izquierda es una de las imágenes más icónicas del deporte, pero también forma parte de la historia visual de la segunda mitad del siglo XX, por su poder estético y la trascendencia mediática y política que obtuvo en su momento, y que hoy ayuda a explicar el contexto social y cultural de una época.

John Dominis, de la revista LIFE, fue el afortunado fotógrafo que capturó el instante ese 16 de octubre del 68. Frente a la imagen de Angelo Cozzi, un plano más general de la escena, esta focaliza toda la atención en los tres protagonistas de la historia.

¿Tres? Sí. La lectura tradicional de la foto se ha centrado en la actitud de Tommie Smith y John Carlos, los dos atletas negros estadounidenses que levantan los puños negros, mientras el tercer atleta refuerza la acción con su gesto pasivo y el color de su piel… Pero no fue así. Peter Norman, el chico blanco australiano, estaba jugando un papel en ese momento. Estos días se cumplen diez años de su muerte.

Un poco más rápido

Tommie Smith (Texas, 1944) contaba con 24 años cuando ganó el oro en la prueba de 200 m. Fue un atleta excepcional, que llegó a mantener once récords mundiales simultáneamente. En esta carrera batió el récord mundial de 200 m lisos con un tiempo de 19,83 s, logrando bajar de los 20 s por primera vez en la historia. En la final de Río 2016 hubiese quedado en segundo lugar, muy pegado a Bolt, que hizo 19,78 s en la carrera (y tiene el récord mundial en 19,19 s).

Peter Norman (Melbourne, 1942) tenía 26 años cuando se hizo con la medalla de plata en la mejor carrera de su vida. Consiguió un cronómetro de 20.06 s, la mejor marca australiana, todavía no superada.

En tercer lugar, solo unas centésimas por detrás de Norman, llegaba John Carlos (Nueva York, 1945), que consiguió la medalla de bronce con un tiempo de 20,10 s. Tenía 23 años.

El momento

En la ceremonia de entrega de medallas, Tommie Smith y John Carlos se encaminaron hacia el podio descalzos y con calcetines negros. Cuando les colgaron las medallas y sonó el himno de EE.UU., Smith y Carlos levantaron el puño cerrado enfundado en un guante negro y agacharon la cabeza.

El guante expresaba la fuerza y unidad afroamericanas, pero la simbología no terminaba ahí. El hecho de ir descalzos representaba la pobreza de la población negra. Smith lucía una bufanda oscura, y Carlos un collar de abalorios. Ambos elementos recordaban a los negros  víctimas de linchamientos. Además, Carlos llevaba chaqueta desabrochada como homenaje a los obreros afroamericanos.

La idea era que cada uno de los estadounidenses llevase un par de guantes, pero John Carlos olvidó los suyos en la Villa Olímpica y tuvieron que repartírselos. Por eso en la foto Smith levanta el brazo derecho y Carlos el izquierdo.

Este gesto obtuvo automáticamente un amplio eco internacional, y se interpretó como el saludo del Black Power (Poder Negro), un amplio movimiento que en esa época llevaba un paso más allá la lucha por los derechos de los afroamericanos, y ensalzaba el orgullo racial y la identidad negra.

Para muchos era un gesto desafiante, aunque el hecho de bajar la cabeza al dirigir el puño a cielo rebajaba, en mi opinión, agresividad a su acción y sugiere, en cambio, humildad y respeto. Un detalle nada trivial del que, seguramente, ambos eran muy conscientes.

Tommie Smith declaraba en 2008 a El País: “Vi tantas injusticias que no podía quedarme sin hacer nada. Aquel gesto del 68 no lo hice por moda, sino por cambiar algo (…) No era sólo el grito de dos negros por el color de su piel, sino que lo hicimos por los derechos de la humanidad.

El OPHR

¿Y dónde entra en juego Peter Norman? En la imagen no se aprecia a simple vista el elemento crucial que comparten los tres deportistas: la insignia del OPHR (Olympic Project for the Human Rights), el Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos.

Antes de la entrega de medallas el australiano conoció el plan de los norteamericanos ―a la sazón miembros del OPHR― y mostró su interés en participar, pues compartía los ideales de la organización. Norman no disponía de una insignia, pero el remero del equipo olímpico estadounidense Paul Hoffman le prestó la suya.

La OPHR, fundada por el sociólogo Harry Edwards en 1967, nació con un objetivo claro: boicotear los Juegos Olímpicos de México 1968. Edwards ―que había sido lanzador de  disco― era profesor en la Universidad de San José, California. El campus se había convertido en un semillero de atletas de élite concienciados con los derechos de la población negra y la lucha contra la segregación racial; una cuna de campeones de la que salieron, entre otros, Smith, Carlos y Lee Evans (campeón olímpico y plusmarquista mundial de 400 m y 4X400 m en México 1968).

La OPHR demandaba cuatro condiciones para levantar el boicot:

  • Que no se invitara a Sudáfrica y a Rhodesia a los Juegos.
  • Que se restaurara el título de campeón mundial de pesos pesados a Muhammad Ali.
  • Que Avery Brundage dejara de ser presidente del Comité Olímpico Internacional (COI).
  • Que se contratasen más entrenadores afroamericanos.

¿Por qué estas condiciones?

SUDÁFRICA Y RHODESIA: retirar la invitación a estos países suponía condenar directamente el apartheid, el sistema oficial de segregación vigente en ambos países, donde la minoría blanca en el poder establecía lugares separados para blancos y negros (como autobuses, hospitales, escuelas y playas), prohibía los matrimonios y las relaciones sexuales entre blancos y negros, y permitía solo a los blancos votar. Esta fue la única demanda que se cumplió, pero no gracias al OPHR. Sudáfrica no fue invitada por las protestas de numerosos países. Y Rhodesia, independizada del Reino Unido tres años antes, no participó por una cuestión legal de reconocimiento de pasaportes por parte del gobierno mexicano.

MUHAMMAD ALI: el boxeador de Kentucky era un referente principal para los jóvenes negros de la época, no en vano Harry Edwards lo llamó “el padrino de esta generación”. Fue uno de los primeros deportistas con un discurso político reivindicativo y se opuso a participar en la Guerra de Vietnam, lo que le costó la retirada del título de campeón mundial de los pesos pesados (que no le devolverían hasta 1971). Ali, nacido con el nombre de Cassius Clay, pregonaba el orgullo racial negro y la resistencia a la dominación blanca, en la órbita de Malcolm X, el líder asesinado en 1965. Ambos representaban una posición más dura en las reivindicaciones de los derechos de la población negra, en contraste con el espíritu integrador de acción no violenta liderado por Martin Luther King, que fue asesinado unos meses antes de la celebración de los Juegos Olímpicos. Malcolm X argumentaba que los negros no podían ser no violentos con los blancos que ejercían la violencia con ellos. Tanto él como Ali se cambiaron el nombre porque consideraban que tenían nombres de esclavo, y en distintos momentos formaron parte de la Nación del Islam (organización religiosa nacida en EE.UU. en los años 30, con pocos puntos en común con el Islam tradicional, que defendía la superioridad de la raza negra).

AVERY BRUNDAGE: los activistas negros acusaban al máximo dirigente del COI de ser un antisemita y supremacista blanco, que había mostrado admiración por el régimen de Hitler. Los nazis llegaron al poder en Alemania después de que Berlín hubiese sido elegida sede de los JJ. OO. de 1936. Llegado el momento, muchas voces en EE.UU. reclamaron un boicot, pero Brundage, por entonces responsable del equipo olímpico estadounidense, se opuso a boicotear los Juegos. Otro hecho, ocurrido mucho después, contribuyó a oscurecer la imagen de Brundage. En los JJ. OO. de Múnich 1972 once deportistas israelíes fueron secuestrados y asesinados enlace por el grupo terrorista Septiembre Negro. A pesar del clamor de muchos por cancelar los Juegos, Brundage decidió que estos continuarían, con el argumento de que los terroristas no podían condicionar la celebración.

MÁS ENTRENADORES AFROAMERICANOS: esta cuarta demanda es la más genérica de todas, pero muy significativa. Todavía hoy en, por ejemplo, la NBA es motivo de polémica el desequilibrio entre una mayoría de entrenadores blancos y una mayoría de jugadores negros (susceptibles de convertirse en entrenadores en un futuro).

Al final, el boicot fracasó en su conjunto, pero existía un plan B. Smith, preguntado por qué iba a pasar en México al haber fallado el boicot, dijo: “puedes esperar que pase cualquier cosa”.

La situación en EE.UU.

En la segunda mitad de los 60, EE.UU. vivía el apogeo del Movimiento por los Derechos Civiles, que luchaba contra la discriminación racial. La muerte de Martin Luther King, meses antes de las Olimpiadas, fue un punto de inflexión en la historia del país y contribuyó al desmoronamiento y deslegitimación del sistema.

King, ministro de la Iglesia Bautista, pronto se convirtió en el líder del movimiento por los derechos Civiles de los afroamericanos. Luchaba contra la discriminación racial, la segregación, y el reconocimiento de los derechos de los negros estadounidenses desde la no violencia, de acuerdo a sus creencias cristianas. A menudo citaba los evangelios en sus discursos. También le influyeron el activismo de Gandhi y las teorías de Thoreau sobre la desobediencia civil.

Al otro extremo del espectro se situaban los Panteras Negras, una organización nacionalista negra, dentro del Black Power, que denunciaba la opresión social y la desigualdad económomica que sufrían los afroamericanos, fundada en 1966, un año después de la muerte de Malcolm X. En comparación con los mensajes de concordia de Martin Luther King, este movimiento resultaba una amenaza para estamentos de la sociedad norteamericana, lo que explica que la acción de Smith y Carlos fuera interpretada como una provocadora muestra de activismo radical negro.

En la entrevista a El País en 2008, Smith evoca la segregación racial en su infancia, que corresponde a los años 50: “No podíamos hacer casi nada porque nos veían como personas de segunda categoría. No podíamos andar por la misma acera que los blancos. Si veías un blanco, inmediatamente tenías que saltar de la acera. Tampoco podíamos compartir los servicios públicos. Había baños para los blancos, muy limpios, y para los negros, muy sucios. No había igualdad en ningún sentido.

Smith también explica cómo se convirtió en uno de los mejores atletas del momento: “Con mucho trabajo. Tenía la bendición de Dios para dedicarme al atletismo: la estatura, el cuerpo, la velocidad. Así me hice fuerte, peleándome con mis hermanos, trabajando a todas horas en el campo. Fue así como pude convertirme en alguien. No teníamos nada, así que en mi vida no he tenido otra posibilidad que luchar.

México en 1968

Los Juegos de Ciudad de México eran los primeros en celebrarse en una nación hispanohablante y de América Latina. Por primera vez, además, un país “en vías de desarrollo” iba a acoger la celebración.

Era una importante oportunidad para presentarse al mundo como un país moderno y competente, pero los movimientos estudiantiles que asaltaban las calles amenazaban la tranquilidad. En un año convulso ―con la Primavera de Praga, el Mayo del 68 francés o los movimientos por los derechos civiles de sus vecinos estadounidenses― las revueltas mexicanas de ese momento continuaban su propia lucha histórica por la democratización real de un estado con rasgos autoritarios.

A medida que se acercaba el inicio de los JJ.OO. se incrementaba el nerviosismo en las autoridades mexicanas, que se sentían presionadas para solucionar cualquier problema que enturbiara el desarrollo de los Juegos y una buena imagen internacional. A su vez, los que se manifestaban veían en el evento una oportunidad para atraer la atención internacional a sus protestas.

El 2 de octubre de 1968, diez días antes de la ceremonia de apertura, esta tensión desembocó en un hecho trágico: una manifestación en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco fue reprimida por fuerzas policiales, del ejército y paramilitares. Decenas de personas fallecieron, aunque no se sabe con exactitud el número de muertos, pero los Juegos continuaron de acuerdo a lo planeado.

Curiosidades de los JJ. OO. de Ciudad de México

  • Son los Juegos que se han celebrado a una mayor altitud (2,240 m).
  • Las Alemanias compitieron como países separados por primera vez.
  • El Salvador, Honduras, Kuwait, Paraguay y Sierra Leona, entre otras naciones, hicieron su debut olímpico.
  • Fueron los primeros con controles antidopaje.
  • En tecnología deportiva, se utilizó por vez primera la pista de tartán, las pértigas de fibra de vidrio y las colchonetas de espuma para el aterrizaje tras los saltos, el cronometraje electrónico, la tecnología táctil para natación y un sistema perfeccionado de photo finish en atletismo.

 

olimpiada_mexicoEl largometraje documental Olimpiada en México (Alberto Isaac, 1969), que fue nominado a un Premio Óscar, recoge los histos deportivos de las Olimpiadas de 1968. Realizada con un importante despliegue técnico, destaca por su sobriedad y su elegancia, gracias (en parte) a que está rodada en 35 mm.

Algunos de los mejores momentos del atletismo en el documental:

  • Final de 100 m: con 9.95 segundos, Jim Hines gana la final y establece una nueva plusmarca mundial, rompiendo por primera vez la barrera de los 10 segundos.
  • Lanzamiento de disco: Al Oerter consigue el oro en lanzamiento de disco por cuarta vez consecutiva en unos JJ. OO.
  • Salto de altura: con una novedosa técnica que en el futuro adoptarían todos los saltadores, Dick Fosbury se impone en la prueba y logra un nuevo récord olímpico con 2.24 metros.
  • Final de 200 m con Smith, Norman y Carlos. En la calle contigua a Carlos corre su compatriota Larry Questad, quien luego manifestaría su propia opinión sobre el saludo de sus compañeros: “Él [Harry Edwards] cogió a esos chicos, que, en mi opinión, no eran conscientes de lo que estaba haciendo con ellos, y básicamente arruinó sus vidas. No tuvieron más que problemas en su vida desde aquel episodio.” Es curioso observar cómo Carlos no deja de mirar a su izquierda en la recta final, sin darse cuenta de que Norman venía tan rápido por su derecha que acabaría rebasándole.
  • Entrega de medallas y gesto de Smith, Norman y Carlos.
  • Salto de longitud: Bob Beamon obtiene en la final de salto de longitud, la plusmarca mundial con 8.90 metros, una marca que tardaría más de veinte años en ser superada.
  • Maratón: más de una hora después del ganador, llega a meta el tanzano John Stephen Akhwari, el último competidor restante cojeando y con los vendaje sueltos, después de haber sufrido una caída.

 

Peter Norman y Australia

Australia era otro país de supremacía blanca. Pero allí los “negros” eran los aborígenes, como se denomina a los nativos de la isla. Como ocurrió en otras partes del mundo, la colonización de la isla fue a corto y largo plazo muy perjudicial para la población nativa. La sociedad en la que se crió Norman tenía su propia estructura de segregación racial dominada por las élites blancas. Hasta 1967 los aborígenes no se contabilizaban en el censo de población. Un año antes, en 1966, se desmantelaba la White Australian Policy; una serie de regulaciones que impedía la inmigración de no-blancos a la isla.

A Tommie Smith le chocó en un principio que Norman quisiera participar en su protesta, colgandose la insignia del OPHR: “Yo conocía la historia de Australia sobre cómo habían tratado a los aborígenes. Sabía que eso podía ser un problema para él porque se interpretaba que estaba de parte de los negros de Estados Unidos. Y eso fue lo que sucedió.

Pero el australiano quería mostrar su apoyo a unos valores en los que creía. En el funeral de Peter Norman, en 2006, Carlos rememoraba en clave épica la conversación que habían tenido antes de la entrega de medallas: ellos le preguntaron a Norman si creía en los derechos humanos, y Norman dijo que sí; le preguntaron si creía en Dios, y respondió que creía firmemente en Dios. “Sabíamos que lo que íbamos a hacer era más grande que cualquier hazaña atlética”. Él dijo: “Me quedaré con vosotros.

En la crítica de Salute, documental de 2008 dirigido por su sobrino Matt Norman, Paul Byrnes explicaba que Norman se solidarizó con la causa porque “era un devoto cristiano (…) que creía apasionadamente en la igualdad de todos, independientemente de su color, credo o religión. Esto es, el código olímpico.

Las consecuencias

El gesto de Smith, Norman y Carlos se convirtió en un clásico instantáneo. Es una de esas fotos que combina un gran valor estético y un profundo significado sociopolítico y cultural. Pero bajo su esplendor subyace el giro que imprimió a las vidas de sus protagonistas; como los marcó, pero también los unió para siempre.

La primera reacción provino del COI, encabezado por el hombre cuya “cabeza” había pedido el OPHR antes de los Juegos. Avery Brundage consideraba inadmisible un acto de esas características en el apolítico escenario olímpico. De inmediato, ordenó la expulsión de los tres atletas de la villa olímpica. La delegación estadounidense en un inicio se mostró disconforme, pero finalmente cedió y mandó de vuelta a casa a sus deportistas. Paul Hoffman, del equipo de remo, fue amonestado por haber facilitado la insignia a Norman.

Al llegar a casa, Smith y Carlos fueron recibidos como héroes por la comunidad negra más activa, pero mucho más notoria fue la mala acogida que les dispensaron los estamentos de poder político, mediático y deportivo. Se enfrentaron a la falta de oportunidades, recibieron duras críticas e incluso amenazas de muerte.

Smith lo explicaba así: “Todo cambió para siempre. Recibimos amenazas de muerte, cartas, llamadas… Después de los Juegos Olímpicos, todos mis amigos desaparecieron. Tenían miedo de perder sus amistades blancas y sus puestos de trabajo. Yo tenía 11 récords del mundo, más que cualquier persona en el mundo, y el único trabajo que encontré fue lavando coches en un aparcamiento. Y me echaron porque mi jefe dijo que no quería que nadie trabajara conmigo. No quería que alguien que defendía la igualdad de derechos estuviera en su plantilla.

John Carlos declaraba al Daily Telegraph en 2012: “Fuimos vistos como traidores, antipatriotas y saboteadores. (…) Lo que hice era necesario, basado en la visión que Dios me dio. Era algo para lo que había nacido en este mundo. (…) Mi esposa no pudo aguantarlo y se suicidó. Pero yo le digo a la gente ‘Todo lo que ha pasado, podría haber pasado más de mil veces y no lo hubiera cambiado.’

Ambos atletas jugaron profesionalmente al fútbol americano durante unos años y lucharon por ganarse la vida en diversos trabajos. Con todo, el paso del tiempo les brindó reconocimiento y ortorgó prestigio a sus nombres. En 2007 salió publicada la autobiografía de Tommie Smith, Silent Gesture (Gesto silencioso), donde afirma que su acción no fue un saludo de Poder Negro, sino un saludo por los derechos humanos. Dos años antes se inauguraba una estatua en la Universidad de San José, donde todo comenzó. Un monumento que reproduce el instante de Smith y Carlos en el podio pero omite a Peter Norman ¿una metáfora del olvido que sufrió este atleta?

El australiano tampoco tuvo un recibimiento caluroso al volver a casa. Se retiró del atletismo profesional después de no ser seleccionado para los JJ.OO. de 1972 en Munich, aunque se había clasificado de para los 200m y los 100m. Supuestamente esta fue la manera de represaliarlo que tuvo la federación australiana de atletismo, aunque el Comité Olímpico Autraliano aclaró que su no clasificación se debió a cuestiones deportivas. Norman sufrió un accidente en una carrera benéfica en 1985, lo que casi conduce a que le amputaran la pierna.

Se cierra el círculo

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Peter Norman murió de un ataque al corazón en 2006 en Melbourne, a los 64 años. Smith y Carlos portaron su féretro en el funeral, lo que simboliza el apoyo mutuo ente los tres atletas a lo largo del tiempo.

Norman fue reconocido con varios premios que reconocían su aportación, antes y después de su muerte, pero en 2012 llegaron las disculpas oficiales. El Parlamento Australiano reconocía los logros atléticos de Norman y su valentía al colocarse la insignia de la OPHR en el podio en solidaridad con Smith y Carlos. También se disculpaba por el tratamiento que Norman recibió al volver a Australia y reconocía su papel en la lucha por la igualdad racial.

En este reportaje sobre el comunicado del Parlamento Australiano, sale la anciana madre de Peter Norman, reivindicando la figura de su hijo. También aparecen unas declaraciones de archivo del propio Norman, afirmando que que el puño en alto era un símbolo de unidad y fuerza, y nunca un gesto amenazante.

Fuentes principales:

El gran hermano digital de Dave Eggers

El Círculo es una novela publicada originalmente en 2013 y traducida en 2014 por Javier Calvo. Su autor es Dave Eggers, un reputado escritor estadounidense nacido en 1970.

Esta novela nos cuenta las peripecias de Mae Holland, una joven que comienza a trabajar en El Círculo, enorme corporación que representa la hipotética síntesis de las grandes empresas tecnológicas: Google, Facebook, Apple, Microsoft… El Círculo es una poderosa entidad sin competencia, de expansión vertiginosa y ánimo totalizador, ya que aspira directa o indirectamente a dominar el mundo digital y, por ende, la vida de las personas. Pero este impulso se encarna de distintas maneras en los tres jefes de la compañía: como un medio de poder y beneficio económico, como un bien universal e incluso como una deriva fatal de unos buenos propósitos iniciales. En el transcurso de la historia asistimos a la transformación de Mae, como resultado de las fuerzas que le empujan en distintas direcciones desde su trabajo, su vida familiar o los personajes que le rodean.

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El contexto de la novela es una hipérbole de la realidad. Eggers lleva al extremo elementos muy reconocibles de la progresiva digitalización de nuestra vida cotidiana y de la sociedad en general. Nos recuerda los mecanismos de control y concentración de la información de los grandes proveedores de servicios online, y la pérdida de la privacidad personal que esto supone. Además, nos hace reflexionar, a veces con escenas cómicas, sobre el sentido de ciertas prácticas a las que insistentemente nos vemos casi obligados en el mundo digital, como compartir toda clase de información y exhibirnos constantemente en las redes sociales (interesante este artículo de Gonzalo Toca). En El Círculo poco a poco se va imponiendo la idea de que todos deben conocer todo de cada persona. Primero, debes compartir tus fotos, vídeos y gustos musicales, pero luego también todas tus ideas y sentimientos han de ser públicos. La transparencia total se presenta como un ideal que debe y puede alcanzarse por medio, por ejemplo, de una cámara de vídeo colgada al cuello, cuyas imágenes puede ver cualquier internauta, y que solo puede apagarse para ir al baño. Menos mal.

Desde el punto de vista literario, El Círculo es una novela eficazmente construida y de lectura ágil, pese a sus 448 páginas. Quizás la protagonista sufre una evolución un tanto forzada por el curso de la historia, pero sin la deriva de este personaje no sería posible un desenlace (si se puede llamar así) escalofriante. No es difícil asociar a este libro con clásicos como Un mundo feliz y 1984, ya que presenta el lado oscuro de una supuesta sociedad perfecta a la que aspiran sus dirigentes. Quizás no tiene la hondura literaria de esas obras, pero sí es deudora de su tiempo. Su estilo es muy visual y no en vano ya se ha realizado una película de ella, todavía no estrenada, con Tom Hanks y otras caras conocidas.

En definitiva, al margen del argumento y los vaivenes de la historia, El Círculo destaca porque nos incita a pensar sobre nuestra actividad digital y sus consecuencias, un poco en la línea de la notable serie británica Black Mirror.